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16.8.10

Rüdiger Safranski, Nietzsche y Wagner



Dice Rüdiger que tanto Nietzsche como Wagner querían inventar nuevos mitos. Dice que ambos intentaron la re-vivificación del mito. Se niegan a aceptar lo que Max Weber llamará "desencanto" del mundo a través de la racionalización de la técnica y la actitud, pacata y teledirigida, de la economía burguesa. En un tiempo en el que el arte comienza a convertirse en un bello asunto accesorio, Nietzsche y Wagner quieren situar al arte en la cúspide de cualquier posible fin de una vida digna de ser vivida. Para Wagner el arte tendrá un lugar parecido al de la religión, para Nietzsche el arte solo será tal si es el arte de la vida. Lo que espera del arte es el incremento de la vida, esto es, hay que hacer de la propia vida una inconfundible obra de arte.
Cuando el filósofo contaba tan sólo 17 años Lord Byron era, a sus ojos, lo más parecido a lo que el mismo llamará "superhombre dominador de espíritus" (J, 2, 10). Y por qué, porque Lord Byron vivió su vida tal como se cuenta una historia. Se convirtió en poeta de su vida y trasformó a todos los hombres, en su círculo mágico, en figuras de novela. Nietzsche admira esta escenificación de la vida y su transformación en obra de arte. Admira a todos los que supieron convertirse en autores de su propia vida, tanto hacia dentro como hacia el público. Admira en suma, la capacidad artística en torno a la vida.
¿Qué hacía que ambos buscasen el retorno de los mitos? ¿o qué mitos quieren que retornen, o qué emerjan? Dos serán los motivos que los activaran, al parecer de Rüdiger: por una parte la necesaria "re-visión" de la razón, la cual debe, para seguir sirviendo para algo, trabajar codo con codo con la imaginación, una "mitología de la razón" (a decir de Schlegel). Esta, tal y como lo soñaban los primeros románticos, ha de surgir en el trabajo común de poetas y filósofos, músicos y pintores, y sustituir la religión pública. La "mitología de la razón" ha de "formarse emergiendo de la más honda profundidad del espíritu", y será una nueva creación desde el principio y desde la nada" (Schlegel, 301). Por otra parte, está la experiencia traumática de los cambios sociales de principios del XIX: se rompe la tardía sociedad feudal y se percibe dolorosamente la pérdida de una idea que envuelva la vida social. Dominan el campo un egoísmo carente de espíritu y un utilitarismo económico feroz. Por ello el nuevo mito debe cumplir la tarea de "unir a los hombres en una intuición común" (Frank, 12)
Según la concepción romántica, el experimento con nuevos mitos ha de dar a la razón un fundamento, una orientación y una limitación, y tiene que fundar una unidad social. Sin duda las buenas intenciones acabaron en eso, en buenas intenciones y bien pronto se refugiaran en la tradición. Los Grimm coleccionaran cuentos populares, Brentano y Achim canciones y a Hölderlin le da por el cielo de los dioses griegos. Pero la audacia, a decir de Safranski, de atreverse realmente a fundar nuevos mitos la tendrá, medio siglo después, Richard Wagner. Su idea surgirá en la barricadas de la revolución burguesa de 1848.
Wagner había conspirado en Dresde junto a Bakunin y había participado en las luchas callejeras. Aplastada la rebelión huyó a Suiza donde redactó
El arte y la revolución, en el que wagner había puesto en marcha su proyecto de los Nibelungos. Establecerá en él un contraste entre la cultura idealizada de la antigua polis griega y las relaciones culturales de la moderna sociedad burguesa. En la polis griega, dice, la sociedad y el individuo, el interés público y el privado estaban reconciliados entre sí, y por ello el arte era un asunto verdaderamente público, un suceso a través del cual un pueblo había puesto ante sus ojos los principios de una vida común. Pero, segun Wagner, en el arte moderno ya no se da ese carácter público. Lo público se ha convertido en mercado, y el arte ha caído bajo la coacción del comercialismo y la privatización. El arte, lo mismo que otros productos, se ofrece y vende como mercancía en el mercado. Ahora también el artista tiene que producir por el único motivo de ganar dinero. Estamos ante un proceso escandaloso, pues el arte, como expresión de la fuerza creadora del hombre, debería tener la dignidad de ser fin en sí mismo. La "esclavitud" del capitalismo denigra al arte, lo rebaja a la condición de simple medio: instrumento de distracción para las masas, placer jugoso para los ricos. A la vez el arte es privatizado en la medida "en que el espíritu común se astilla en mil direcciones egoístas". Está en juego una originalidad meramente superficial: El que quiere hacerse valer tiene que distinguirse de sus competidores. El arte ya no se siente obligado a una verdad superior, sino que piensa solamente en "seguirse formando con aire autónomo, solitario y egoísta" (Wagner (1813-1883), Mi pensamiento -, 132).
Wagner defiende la tesis de que la corrupción de la sociedad corrompió también el arte. Sin una revolución de la sociedad, piensa, tampoco el arte encontrará su verdadera esencia. Pero no hace falta que el artista espere hasta que llegue la revolución, ya ahora puede hacer algo a favor de la libertad de la sociedad, comenzando con el trabajo de la liberación en el propio ámbito de acción. El arte puede recordar al hombre el verdadero fin de su existencia, que, según Wagner, no consiste sino en el desarrollo de su propia fuerza creadora. Afirma sin lugar a dudas: "El fin supremo del hombre es el artístico". La revolución sirve al arte, por lo cual el arte ha de ponerse al servicio de la revolución. El hombre artístico es el verdaderamente libre, y por eso es también el hombre revolucionario.
-como aunar al buscador de dandys y al buscador de la libertad de la sociedad, ese es el quid de la question-


http://en.wikipedia.org/wiki/Art_and_Revolution
Theodor Adorno, In Search of Wagner, trans. Rodney Livingstone (London: NLB, 1981)
Susan Buck-Morss: "Aesthetics and Anaesthetics: Walter Benjamin Artwok Essay Reconsidered". October, vol. 6 (Autumn 1992)
Gerald Raunig: Art and Revolution: Transversal Activism in the Long Twentieth Cent
ury.
Semiotext(e) (September 30, 2007)


... al final el mismo se convertirá en exponente del mercado cultural gracias a una esfera de la publicidad organizada como mercado, como le diría Baudelaire "Si conseguís el mismo interés por los nuevos medios (...), duplicad, triplicad, cuadruplicad la dosis" (Oehler, 48). Y así Wagner hará un mito de sí mismo, tergiversando la propia querencia a la solemnidad del dandy de Baudelaire y llevándosela a la lectura más plastiquera, a la Wilde, aunque el pobre Wilde aun no anduviera por ahí, ... "la producción de mitos en la modernidad no se logra sin la propia mitificación del autor". Un moderno fundador de una religión y un estratega de la comercialización de sí mismo, o, como el mismo Nietzsche dirá de él, una vez que o declara su ex-amigo, claro está, "un Cagliostro de la modernidad" (6, 23; WA)

Al final un poco más de lo de siempre
(que gran decepción)

26.7.10

Una pequeña burguesía planetaria

XV
SIN CLASES

Si debiésemos pensar una vez más en el destino de la humanidad en términos de clase, entonces deberíamos decir que hoy no existen más clases sociales, sino una única pequeña burguesía planetaria, en la que las viejas clases se han disuelto: la pequeña burguesía ha heredado el mundo. Esta es la forma en la que la humanidad ha sobrevivido al nihilismo.
Pero esto era exactamenete lo que tanto el fascismo como el nazismo comprendieron, y haber visto con claridad el final irrevoclable de viejos sujetos sociales constituye también su insuperable patente de modernidad. (Desde un punto de vista estrictamente político, fascismo y nazismo no han sido superados y vivimos aún bajo su signo.) Ellos representaban, sin embargo, una pequeña burguesía nacional, todavía apegada a la postiza identidad popular, sobre la cual actuaban sueños de grandeza burguesa. La pequeña burguesía planetaria, por el contrario, se ha emancipado de esos sueños y se ha apropiado de la actitud del proletariado para renunciar a cualquier identidad social reconocible. El pequeño burgués anula todo lo que tiene entidad con el mismo gesto con el que parece obstinadamente adherirse a ello. Sólo conoce lo impropio y lo inauténtico y rechaza incluso la idea de una palabra propia. Las diferencias de lengua, de dialecto, de modos de vida, de carácter, de costumbre, y sobre todo, la particularidad física propia de cada uno, lo que constituyó la verdad y la mentira de los pueblos y de las generaciones que han sucedido sobre la faz de la tierra, todo eso ha perdido para el pequeño burgués todo significado y toda capacidad de expresión y de comunicación. En la pequeña burguesía, las diversidades que han caracterizado la tragicomedia de la historia universal están expuestas y recogidas en una vacuidad fantasmal.
Pero la insensatez de la existencia individual, que está pequeña burguesía ha heredado del subsuelo del nihilismo, se ha convertido entretanto en algo tan insensato a su vez como para perder todo
pathos y transformarse, una vez ganado el aire libre, en exhibición cotidiana: nada se parece tanto a la vida de la nueva humanidad como un reportaje publicitario del cual se ha retirado toda huella del producto anunciado. La contradicción del pequeño burgués es que, sin embargo, él busca todavía en este sketch el producto que le ha defraudado, obstinándose a pesar de todo en hacer propia una identidad que se ha convertido para él, en realidad, en absolutamente impropia e insignificante. Vergüenza y arrogancia, conformismo y marginalidad restan así los extremos polares de toda su tonalidad emotiva.
El hecho es que la insensatez de su existencia se topa con la última insensatez sobre la que naufraga toda publicidad: la muerte. En ésta, el pequeño burgués se dirige a la última expropiación, a la última frustración de la individualidad: la vida desnuda, el incomunicable puro donde su vergüenza necuentra finalmente paz. De este modo, con la muerte cubre el secreto que debe finalmente resignarse a confesar: que también la vida desnuda le es en verdad impropia y exterior, que no hay para el refugio alguno posible en la tierra.
Esto significa que la pequeña burguesía planetaria es con verosimilitud l aforma enla uqe la humanidad camina hacia la propia destrucción. Pero esto significa también que ella representa una ocasión inaudita en la historia de l ahumanidad, una ocasión que a toda costa no debemos dejar escapar. Pues si los hombres, en lugar de buscar todavía una identidad propia en la forma ahora impropia e insensata de la individualidad, llegasen a adherirse a esta impropiedad como tal, a hacer del propio ser-así no una identidad y una propiedad individual, sino una singularidad no idéntica, una singularidad común y absolutamente manifiesta -si los hombres pudiesen no ser así, en esta o aquella identidad biográfica particular, sino ser sólo el así, su exterioridad singular y su rostro, entonces la humanidad accedería por primera vez a una comunidad sin presupuestos y sin sujetos, a una comunidad que no conocería más lo incomunicable.
Seleccionar en la nueva humanidad planetaria aquellos caracteres que permitan la supervivencia, remover el diafragma sutil que separa la mala publicidad mediática de la perfecta exterioridad que se comunica sólo a sí misma -ésta es la tarea política de nuestra generación.

Giorgio Agamben
"La Comunidad que viene"